¡Mantarrayas voladoras! Los Triband

En las últimas semanas he tenido ideas para cuatro nuevas conlangs. La Lengua Triband es probablemente la más innovadoras de todas ellas. Es mi primer “idioma alien”, una lengua que no está pensada para seres humanos sino para una raza extraterrestre (lo que es conocido como exolang por algunos conlangers). Muchas de estas lenguas pueden ser (en mayor o menor medida) pronunciadas por los seres humanos; pero tienen una gramática muy distinta a las de los idiomas terrestres conocidos (como el Kēlen de Sylvia Sotomayor) o sonidos muy inusuales (como el famosísimo Klingon). Otros, mientras tanto, pertenecen a razas que no se comunican como lo hacen la mayoría de los humanos, y por lo tanto son abismalmente diferentes, como los Rikchik que se comunican gesticulando con 7 de sus 56 tentáculos… supongo que eso ya deja claro que son bastante diferentes. La especie de esta nueva conlang también difiere mucho de la nuestra, por lo que creo que se merece una buena presentación con cierto aire de ciencia ficción…

El entusiasmo y la ansiedad de la tripulación crecían a medida que la nave se acercaba al planeta que habíamos nombrado Nicoté y las extrañas radioseñales aumentaban su intensidad. Esas señales, esos picos en el suave ruido electromagnético del espacio, eran la única razón por la que estábamos allí, tan lejos de casa y de cualquier otra colonia humana.

La estrella (con su poco poético nombre JB-60257 que cambiaríamos en caso de encontrar lo que buscábamos allí) ya había pasado de ser un pálido punto a algo que ya podíamos asociar con un sol: estábamos a meras horas de llegar. Una de las antenas transmisoras apuntó a un planeta aún lejano y apenas visible y emitió una potente radio señal. Con los dedos cruzados esperamos alguna respuesta, aunque esta no llegó. De todas formas no perdimos el ánimo.

Ahora el mundo estaba debajo de nosotros, al alcance de nuestra mirada. Sus mares se parecían a los nuestros, sus nubes eran algo más amarillas. La atmósfera, según nuestros aparatos, era algo más densa que la terrestre y si bien no era enteramente respirable, tampoco era tóxica. Muy probablemente un ser humano podría sobrevivir sin mayores daños aún sin traje ni máscara. La superficie estaba salpicada de vegetación. La existencia de vida allí ya era un hecho conocido, pero comprobarlo despertó sonrisas en nuestros rostros. Aunque, la verdad es que nos hubiera gustado más ver iluminación en el lado nocturno del planeta… tal vez no la necesitaban…

Descendimos lenta y disimuladamente, como para no alterar la calma. Nuestro lugar de aterrizaje era semejante a una sabana, con vegetación exótica como nunca hubiésemos visto. Salimos, pisamos la tierra extraterrestre llevando nuestros trajes, máscaras y equipamiento. No había señales de seres inteligentes, pero pronto nuestros aparatos detectaron empezaron a registrar señales extrañas, y llegaron los primeros curiosos: extrañísimos animales. En variedad iban de gusanos con forma de ‘Y’ hasta un par de seres más similares a arbustos. Capturamos (procurando no provocarles el menor daño) varios especímenes. Recuerdo como capturé un ser cilíndrico con patas (¿o tentáculos tal vez?) y como recibí elogios de mis compañeros por atrapar con las redes a un ser que, por lo extraño, me recordó a los ornitorrincos. Parecía una mantarraya voladora, aunque las dos manchas en forma de ojos en su lomo le daban un aspecto de mariposa. Pero ni las mantarrayas ni las mariposas tenían esos cuatro cortos pero habilidosos tentáculos rodeando la mandíbula con los que (sin éxito) la criatura intentaba liberarse de las redes. En su parte inferior tenía lo que parecían ser dos cortas patas (que supuse acertadamente que les servirían para iniciar su vuelo) y tres bandas verticales en el pecho de un color más claro. El otro animal tenía cinco bandas similares, por los que decidí nombrarlos triband y pentaband. Tenía la idea de darles nombres más estéticos luego… al menos a la mantarraya, pues el cilindro no me inspiró ningún cariño.

Por entonces oí como el vicecapitán maldecía con fuerza. Nervioso (pues, como todos, estaba pasando por la tormenta emocional de quien cumple un sueño de la infancia), me di vuelta hacia él. “¿Qué sucede?”, preguntaron todos. El segundo al mando señaló uno de sus aparatos. La desilusión nos invadió.

Meses atrás se había detectado una señal anómala, extraña, artificial proveniente de un mundo aún no detectado de una estrella insignificante. Lo comprobaron una y otra vez: había algo allí. Tal vez allí encontrarían lo que el Ser Humáno había ambicionado encontrar desde que salió por primera vez a las estrellas: tal vez allá se haría finalmente el tan esperado contacto. Pero ahora, toda esa esperanza parecía haberse esfumado, pues comprobamos que esas señales no eran fruto de una alta tecnología, ni de un gran nivel de pensamiento. Los animales que habíamos capturado, como nos confirmó el vicecapitán, emitían señales de radio, la clase de señales que habíamos detectado. El edificio de nuestra ilusión se desmoronó.

Atardecía. Las primeras estrellas aparecían en constelaciones nunca antes vistas. La belleza exótica del paisaje y el hecho de ser los primeros en apreciarlo intentaban aliviar el gusto amargo en nuestras bocas. Entonces, a lo lejos, vimos aparecer algo nuevo.

-Otro animal – pensé, aunque por dentro esperaba como un niño que fuera algo más, algo diferente.

Se acercó. Era más grande. Era más rápido. Era… ¡mecánico!. El sol, que resultaba algo más anaranjado que al que estábamos acostumbrados, ya casi se ponía cuando vimos como de la máquina descendían unas criaturas. Antes de partir, nos habíamos preparado para encontrar cualquier clase de cosa. Sin embargo, yo y varios más albergábamos la ilusión infantil de que encontraríamos seres más o menos humanoides, seres que podríamos entender fácilmente. Las criaturas que ahora veíamos, los primeros extraterrestres inteligentes y tecnológicos que nuestra especie conocía, no lo eran. No tenían cabeza, ni ojos saltones. Su piel no era verde ni tenían antenas. Más bien parecían patos que al echarse a volar adquirían un aspecto de… ¡mantarrayas!

“Tribands” murmuré, haciendo permanente el nombre que adoptarían también mis compañeros, y corrí hacia el ejemplar de tres franjas en el pecho para librarlo de las cuerdas y, de una forma que él no podría entender, pedirle disculpas.

Pronto hablaré en otros posts de estas curiosas criaturas (bastante más elegantes que mis dibujos) y su forma de comunicarse.

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Posted on 2011/09/08, in Español, Triband. Bookmark the permalink. Leave a comment.

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